Crónica desde la distancia de uno de los grandes encuentros micológicos del mundo, donde ciencia, naturaleza, gastronomía y comunidad se reúnen cada verano bajo las montañas de Colorado.
Hay lugares donde las setas se buscan en silencio. Bosques donde una cesta, una navaja y una mirada atenta son suficientes para comprender que la naturaleza tiene sus propios ritmos. Y luego está Telluride. Un pequeño pueblo encajado entre las grandes montañas de Colorado que, durante unos días de agosto, decide hacer justamente lo contrario: sacar los hongos a la calle, subirlos a los escenarios, llevarlos a la mesa y convertirlos en motivo de conversación, de celebración y de encuentro.
Del 12 al 16 de agosto se ha celebrado la 46.ª edición del Telluride Mushroom Festival, uno de los festivales micológicos más veteranos y singulares del mundo. Una cita que, desde 1981, reúne a científicos, micólogos, recolectores, cultivadores, cocineros, artistas y aficionados llegados de muy distintos lugares, unidos por una misma fascinación: ese universo, todavía lleno de preguntas, que crece bajo nuestros pies.
Y quizá esa sea la primera lección que nos llega desde Telluride: la micología puede ser muchas cosas a la vez.
Mucho más que un festival de setas
Quien imagine una feria convencional, con unas cuantas exposiciones y salidas al monte, probablemente se sorprendería al recorrer el programa del festival. En Telluride conviven las excursiones de identificación con conferencias científicas, talleres prácticos, gastronomía, arte, música y espacios para debatir sobre la relación entre los hongos y algunos de los grandes desafíos de nuestro tiempo.
Hay salidas al campo para descubrir la diversidad fúngica de las montañas de San Juan. Hay talleres especializados y propuestas tan curiosas como la búsqueda de hongos hipogeos con perros entrenados. También hay experiencias gastronómicas, actividades relacionadas con las plantas silvestres y la cultura del aprovechamiento de los recursos naturales.
Todo ello forma parte de un mismo paisaje. Porque en Telluride los hongos no aparecen como una disciplina aislada, encerrada en una vitrina o en un libro de taxonomía. Forman parte de una conversación mucho más amplia sobre naturaleza, conocimiento, alimentación, creatividad y comunidad.
Y eso, visto desde Cesta y Setas, resulta especialmente interesante. Porque quizá el futuro de los eventos micológicos no consista únicamente en enseñar a reconocer especies, sino también en ayudar a comprender qué significan los hongos en nuestra relación con el territorio.

Rewild: volver a mirar la naturaleza
La edición de 2026 ha girado en torno a una idea especialmente sugerente: “Rewild”, un concepto que invita a recuperar espacios, procesos naturales y, de alguna manera, nuestra propia conexión con la vida silvestre.
Los hongos encajan de forma natural en esta reflexión. Son los grandes conectores invisibles de los ecosistemas, organismos capaces de transformar la materia, establecer relaciones con las plantas y recordarnos que bajo la superficie existe una red de vida mucho más compleja de lo que nuestros ojos alcanzan a percibir.
En una época en la que hablamos cada vez más de restauración ecológica, biodiversidad y recuperación del vínculo con la naturaleza, la mirada hacia el reino fungi adquiere un protagonismo especial. No como una moda pasajera, sino como una oportunidad para volver a comprender el territorio desde otra perspectiva.
Y quizás ahí esté una de las razones por las que Telluride ha conseguido mantenerse vivo durante más de cuatro décadas: ha sabido evolucionar sin perder su esencia.
La fiesta también es conocimiento
Pero no todo sucede en una conferencia o en el bosque. Uno de los momentos más reconocibles del festival es su célebre Mushroom Parade, un desfile en el que las calles se llenan de disfraces, música, percusión y personajes inspirados en el mundo de los hongos. La celebración continúa después con encuentros comunitarios y la ya legendaria fiesta de disfraces Puff Ball.
Puede parecer una simple anécdota festiva. Pero quizá no lo sea tanto. La divulgación necesita emoción. Necesita experiencias que permanezcan en la memoria. Necesita conseguir que una persona que jamás ha abierto una guía de setas pueda, de repente, sentirse parte de una comunidad que celebra la naturaleza.
En Europa estamos acostumbrados a vivir la micología desde la salida al monte, la exposición de especies o la gastronomía. Telluride añade otro ingrediente: la celebración colectiva. Durante unos días, los hongos dejan de ser algo que se estudia o se recolecta para convertirse en un lenguaje común.

Una comunidad alrededor de lo invisible
Más de cuarenta años después de sus primeras ediciones, el Telluride Mushroom Festival sigue demostrando que detrás de un evento de estas características hay mucho más que una programación atractiva. Hay una comunidad construida con el tiempo.
El festival reúne a miles de personas y cuenta con la participación de voluntarios, especialistas, artistas y colaboradores que hacen posible que la cita continúe creciendo. Su propia organización ha puesto recientemente en marcha un fondo (TMF Future Fund) destinado a reforzar la sostenibilidad económica del festival y asegurar su continuidad en los próximos años.
Una reflexión que también resulta familiar en nuestro entorno. Los grandes proyectos vinculados a la naturaleza y al territorio necesitan ilusión, sí, pero también estructuras capaces de sostenerlos en el tiempo.
La micología genera conocimiento, turismo, economía local y oportunidades para el mundo rural. Pero, sobre todo, puede generar algo que no siempre aparece en las estadísticas: sentido de pertenencia.

¿Qué podemos aprender desde este lado del Atlántico?
Desde Cesta y Setas hemos seguido siempre con interés aquellos lugares donde la micología consigue salir del bosque para convertirse en una herramienta de divulgación, desarrollo territorial y encuentro entre personas.
Telluride representa una de esas experiencias. No porque debamos copiar un modelo nacido en Colorado —cada territorio tiene su paisaje, sus especies y su propia cultura—, sino porque nos recuerda algo fundamental: la micología tiene capacidad para hablar a públicos muy diferentes.
Puede atraer al científico y al cocinero, al recolector experimentado y a quien descubre, por primera vez, un hongo en una salida familiar. Puede ser una herramienta de conservación y también una experiencia turística. Puede inspirar una investigación científica o un desfile por las calles de un pueblo. La clave está en encontrar el equilibrio.
En Europa, y especialmente en España, contamos con una extraordinaria tradición micológica y con territorios donde los hongos forman parte de la cultura popular desde hace generaciones. Quizá el reto sea seguir construyendo puentes entre esa tradición y las nuevas formas de comunicar, experimentar y disfrutar de la naturaleza.
Cuando la cesta se abre al mundo
Mientras en nuestros bosques esperamos las lluvias y observamos el ritmo de una nueva temporada micológica, al otro lado del Atlántico Telluride acaba de recordar que los hongos tienen una capacidad extraordinaria para reunirnos.
Durante cinco días, las montañas de Colorado se han convertido en punto de encuentro para una comunidad internacional que mira hacia el suelo, pero también hacia el futuro.
Porque los hongos hablan de biodiversidad, de alimentación, de salud, de cultura y de ciencia. Pero también hablan de conexiones. De redes. De relaciones que no siempre vemos.
Tal vez por eso resulta tan fácil entender el espíritu de un festival como este. Al fin y al cabo, una seta nunca aparece sola. Detrás de cada cuerpo fructífero hay un territorio, un ecosistema y una historia invisible que lo sostiene.
Y quizá los grandes eventos micológicos tengan una misión parecida: hacer visible esa historia. En Telluride lo han celebrado durante más de cuarenta años.
Aquí, desde Cesta y Setas, lo celebramos con ellos. Porque cada vez que un pueblo, una comunidad o un territorio descubre que los hongos pueden ser una puerta para conocer mejor la naturaleza, todos avanzamos un poco en el mismo sendero: El sendero que nos lleva, cesta en mano, a mirar el bosque de otra manera.




