Micorremediación, cómo los hongos que ayudaron a construir nuestro mundo podrían ayudarnos ahora a repararlo

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    La red silenciosa que vive bajo nuestros es capaz de transformar la materia, descomponer moléculas complejas y devolver al ciclo de la vida aquello que parecía perdido.

    Los hongos llevan cientos de millones de años haciendo precisamente eso. Quizá haya llegado el momento de escuchar lo que la naturaleza lleva tanto tiempo enseñándonos.

    Hay una imagen que resulta difícil de olvidar cuando uno empieza a comprender el verdadero papel de los hongos en nuestro planeta: la Tierra que conocemos no sería la misma sin ellos.

    Mucho antes de que apareciéramos nosotros, antes incluso de que los grandes bosques cubrieran los continentes, los hongos ya participaban en algunos de los procesos que hicieron posible la transformación de las rocas en suelos y la expansión de la vida sobre la superficie terrestre. Junto a las plantas, bacterias y otros microorganismos, contribuyeron a construir los ecosistemas sobre los que, millones de años después, levantaríamos nuestras ciudades.

    Hoy, sin embargo, vivimos una paradoja.

    La especie que ha aprendido a fabricar moléculas que no existían en la naturaleza se enfrenta ahora a un problema gigantesco: ¿qué hacemos con todo aquello que hemos dejado atrás?

    Hidrocarburos, pesticidas, disolventes, colorantes industriales, compuestos farmacéuticos y otros contaminantes persistentes se acumulan en suelos y aguas de todo el planeta. Frente a esta herencia incómoda, la ciencia vuelve la mirada hacia uno de los grandes recicladores de la naturaleza.

    Los hongos.

    Y lo hace a través de una disciplina que parece salida de la ciencia ficción, aunque tiene décadas de investigación detrás: la micorremediación.

    Los grandes recicladores del planeta

    En un bosque, un tronco caído parece desaparecer lentamente. Primero pierde la corteza, después su madera se vuelve blanda, se deshace y termina formando parte del suelo.

    No es magia. Es química. Y, en buena medida, es obra de los hongos.

    Los hongos son algunos de los organismos más eficaces que conocemos para descomponer materia orgánica compleja. Su secreto está en un extraordinario arsenal de enzimas capaces de actuar fuera de su propio organismo. En lugar de tener que ingerir su alimento, muchos hongos liberan sustancias que descomponen las moléculas de su entorno y, posteriormente, absorben los compuestos resultantes.

    Esta estrategia les ha permitido enfrentarse durante millones de años a materiales extraordinariamente resistentes. Uno de ellos es la lignina, el complejo polímero que proporciona rigidez a la madera.

    Para degradarla, determinados hongos —especialmente los conocidos como hongos de pudrición blanca— han desarrollado sistemas enzimáticos de enorme potencia y relativa poca especificidad. En otras palabras: sus enzimas no están diseñadas exclusivamente para una única molécula.

    Y ahí comienza una de las claves de la micorremediación.

    Algunas de esas mismas herramientas bioquímicas pueden actuar sobre moléculas contaminantes que, desde el punto de vista de un hongo, presentan ciertas similitudes estructurales con los compuestos naturales que lleva millones de años aprendiendo a transformar.

    La investigación científica ha demostrado el potencial de estos hongos frente a contaminantes como hidrocarburos aromáticos policíclicos, determinados pesticidas, colorantes sintéticos, clorofenoles y otros compuestos xenobióticos —sustancias ajenas a los ciclos metabólicos naturales—. Entre las herramientas más estudiadas se encuentran enzimas como las lacasas y diferentes peroxidasas, protagonistas de la capacidad degradadora de numerosos hongos ligninolíticos.

    La Tierra ya conocía el reciclaje mucho antes que nosotros

    Cuando hablamos de contaminación solemos imaginar un problema moderno, y lo es en su dimensión actual. Pero la naturaleza lleva miles de millones de años enfrentándose al mismo desafío fundamental: qué hacer con la materia cuando deja de cumplir una función.

    La respuesta de los ecosistemas ha sido siempre circular.

    Lo que para un organismo es un residuo puede convertirse en el recurso de otro. Los hongos ocupan un lugar esencial en esta economía natural de la transformación. Descomponen, mineralizan, inmovilizan, transportan nutrientes y establecen relaciones simbióticas con las plantas.

    La Fungi Foundation resume esta visión al reivindicar a los hongos como grandes «interconectores de la naturaleza» y al defender la necesidad de reconocer a la funga como un componente esencial de los ecosistemas, junto a la flora y la fauna. Su trabajo de conservación y divulgación nos recuerda algo fundamental: no podemos aspirar a resolver los problemas ambientales ignorando a uno de los grandes reinos que hacen funcionar los ecosistemas.

    Quizá por eso la micorremediación resulta tan sugerente. No consiste simplemente en utilizar un organismo para limpiar un residuo. En su planteamiento más profundo, supone intentar recuperar una idea que hemos olvidado: trabajar con los procesos de la naturaleza en lugar de luchar constantemente contra ellos.

    La Fungi Foundation está desarrollando un papel imprescindible en el estudio y divulgación del poder de la micorremediación

    ¿Qué es exactamente la micorremediación?

    La micorremediación es el uso de hongos, de su micelio o de sus productos metabólicos —como determinadas enzimas— para reducir, transformar, inmovilizar o eliminar contaminantes del medio ambiente.

    Pero conviene detenerse en una cuestión importante: no todos los contaminantes se comportan igual y los hongos no los eliminan todos de la misma manera.

    En algunos casos, los hongos pueden transformar moléculas orgánicas complejas en sustancias más simples y menos tóxicas. En otros, pueden absorber o retener determinados contaminantes en su biomasa. También pueden modificar las condiciones químicas del suelo o colaborar con bacterias y plantas en procesos de restauración ambiental.

    Por eso, cuando hablamos de micorremediación, no deberíamos pensar en una única técnica, sino en una familia de estrategias.

    Los contaminantes orgánicos: cuando los hongos pueden transformar la molécula

    Los hidrocarburos procedentes del petróleo, algunos pesticidas, determinados colorantes y numerosos contaminantes industriales contienen estructuras químicas complejas y persistentes.

    Precisamente en este terreno los hongos ligninolíticos han despertado un enorme interés científico. Su maquinaria enzimática puede atacar moléculas que resultan difíciles de degradar para otros organismos.

    Una revisión sistemática y metaanálisis publicada en 2026 sobre la biorremediación fúngica de hidrocarburos de petróleo en ambientes terrestres encontró que los tratamientos con hongos redujeron significativamente los hidrocarburos residuales respecto a los controles, con reducciones medias del orden del 50–60 % en los estudios analizados. El trabajo también advierte de una cuestión esencial: los resultados dependen mucho de la especie, el contaminante, el suelo y las condiciones del tratamiento.

    La conclusión es esperanzadora, pero también prudente: los hongos funcionan, aunque todavía estamos aprendiendo cómo hacer que funcionen de forma fiable fuera del laboratorio.

    Los hongos lignícolas juegan un papel fundamental en la descomposición y limpieza y mantenimiento de los bosques

    Cuando la ciencia sale del laboratorio: ejemplos reales

    Uno de los grandes problemas de cualquier tecnología ambiental es que los resultados obtenidos en una placa de Petri no siempre sobreviven al mundo real.

    Por eso resultan especialmente interesantes los trabajos realizados con suelos contaminados y condiciones ambientalmente más próximas a la realidad.

    Un estudio publicado en Environmental Pollution investigó el uso de Pleurotus pulmonarius para tratar suelo contaminado con dioxinas y furanos policlorados. En las condiciones experimentales del trabajo, el tratamiento logró una reducción global aproximada del 60 % en treinta días. La investigación analizó además la transformación de los contaminantes y la participación conjunta del hongo y de la comunidad microbiana presente en el suelo. Un detalle importante —y que demuestra por qué debemos ser rigurosos— es que también se detectó transferencia de contaminantes al cuerpo fructífero, lo que obliga a gestionar adecuadamente la biomasa producida y descarta, por supuesto, cualquier aprovechamiento alimentario de los hongos empleados.

    En otro trabajo realizado a escala de campo en la Amazonía ecuatoriana, una combinación de microorganismos autóctonos, entre ellos hongos del género Geomyces, se utilizó en suelos contaminados con petróleo. Tras noventa días, los investigadores registraron una eliminación del 87,45 % de los hidrocarburos totales del petróleo y evaluaron también la reducción de la toxicidad residual mediante ensayos biológicos.

    No se trata, por tanto, de una simple promesa de laboratorio. Existen experiencias científicas documentadas que demuestran que los microorganismos, incluidos los hongos, pueden desempeñar un papel real en la recuperación de suelos contaminados.

    Eso sí: cada contaminación es diferente y cada ecosistema exige una solución específica.

    Algunos hongos pueden resultar muy útiles para la limpieza de espacios contaminados con petróleo

    El caso de los metales pesados: aquí la palabra «degradar» ya no sirve

    Hay una diferencia fundamental entre un hidrocarburo y un metal pesado.

    Un hidrocarburo puede transformarse químicamente mediante procesos biológicos. Un metal, en cambio, es un elemento químico. No se puede degradar hasta hacerlo desaparecer.

    Los hongos pueden, sin embargo, ayudar a inmovilizarlo, concentrarlo, cambiar su forma química o incorporarlo a su biomasa. Estos procesos pueden reducir la movilidad o biodisponibilidad de determinados metales y facilitar estrategias posteriores de retirada o gestión del contaminante.

    Esta distinción es importante porque evita uno de los errores más frecuentes al hablar de micorremediación: presentar cualquier disminución de la concentración de un contaminante como si significara que ha desaparecido.

    La buena ciencia ambiental debe preguntarse siempre: ¿el contaminante ha sido destruido, transformado, inmovilizado o simplemente trasladado a otro lugar?

    La respuesta puede cambiar completamente la valoración de un proyecto de restauración.

    El micelio como una red de ingeniería natural

    Cuando vemos una seta en el bosque estamos contemplando apenas una pequeña parte de un organismo mucho mayor.

    Bajo nuestros pies, el micelio puede extenderse formando redes complejas que exploran el suelo, conectan partículas, transportan nutrientes y crean superficies de contacto extraordinariamente amplias.

    Esta arquitectura natural convierte a los hongos en organismos especialmente interesantes para la restauración ambiental.

    El micelio puede actuar como una especie de red biológica capaz de colonizar sustratos contaminados. Sus enzimas se liberan al exterior y su biomasa puede interactuar físicamente con determinados contaminantes. Además, los hongos no trabajan solos: en el suelo conviven con bacterias, plantas, insectos y otros microorganismos.

    Cada vez resulta más evidente que algunas de las soluciones más prometedoras no consistirán en inocular una única especie de hongo y esperar un milagro, sino en diseñar ecosistemas de restauración donde hongos, bacterias y plantas colaboren.

    La ciencia comienza así a acercarse a una idea que los bosques llevan practicando desde siempre: la cooperación es, muchas veces, más eficaz que la especialización aislada.

    El micelio crece bajo el suelo, descontaminando todo aquello que se encuentra a su paso

    De la biodiversidad al laboratorio: el valor de descubrir nuevos hongos

    Si queremos encontrar nuevos organismos capaces de ayudarnos a resolver problemas ambientales, primero necesitamos conocerlos.

    Y aquí aparece otro de los grandes desafíos de la micología contemporánea: conocemos solo una pequeña parte de la diversidad fúngica que existe en nuestro planeta.

    Cada bosque, cada suelo, cada ambiente extremo puede albergar microorganismos con capacidades metabólicas todavía desconocidas. La conservación de la diversidad fúngica no es únicamente una cuestión ecológica o patrimonial. También puede ser una inversión en conocimiento.

    En España, una empresa como BIOMAR Microbial Technologies trabaja precisamente en la exploración de la diversidad microbiana y en el estudio de sus metabolitos y aplicaciones biotecnológicas. Su colección reúne decenas de miles de cepas, una parte muy importante de ellas hongos, obtenidas a partir de campañas de bioprospección. Su propia aproximación a la micorremediación pone el foco en la extraordinaria capacidad transformadora de los hongos y en el potencial de sus metabolitos para abordar problemas ambientales.

    En este sentido, conservar la biodiversidad significa también conservar una biblioteca biológica que todavía no hemos terminado de leer.

    ¿Pueden los hongos salvar el planeta?

    Probablemente no. Y quizá esa sea la mejor respuesta posible.

    Los hongos no van a recoger nuestros residuos, no van a sustituir por sí solos las políticas de reducción de emisiones ni podrán eliminar mágicamente todos los contaminantes que hemos vertido durante décadas.

    La micorremediación tiene límites. Muchos resultados todavía proceden de ensayos controlados. La eficacia puede disminuir en condiciones reales y depende de factores como la temperatura, el pH, la disponibilidad de nutrientes, la competencia con otros microorganismos y las características del contaminante.

    Además, una estrategia de restauración mal diseñada puede trasladar el problema en lugar de resolverlo. Si un hongo acumula contaminantes en su biomasa, esa biomasa deberá gestionarse adecuadamente. Si un compuesto se transforma, será necesario comprobar que los productos resultantes son realmente menos tóxicos.

    La propia literatura científica reconoce que todavía existe una distancia considerable entre el potencial demostrado en laboratorio y la implantación generalizada a gran escala.

    Pero decir que los hongos no pueden salvar el planeta no significa que no puedan ayudarnos a salvar una parte de lo que todavía estamos a tiempo de conservar … Y eso ya es mucho.

    Los hongos son grandes aliados para ayudar a mejorar nuestro planeta

    Tal vez la solución no sea inventar algo nuevo, sino aprender a mirar mejor

    Durante siglos hemos contemplado a los hongos como alimento, veneno, enfermedad o curiosidad del bosque.

    Hoy empezamos a comprender que también son ingenieros de ecosistemas, arquitectos invisibles del suelo, aliados de las plantas y extraordinarios especialistas en transformar la materia.

    Los mismos organismos que durante millones de años han participado en la formación de los suelos y en el reciclaje de la vida podrían ayudarnos ahora a afrontar una de las mayores consecuencias de nuestro desarrollo industrial.

    No será una solución única. No será rápida. Y seguramente no será sencilla.

    Pero la micorremediación nos ofrece algo que quizá necesitemos recuperar con urgencia: la humildad de reconocer que la naturaleza lleva mucho tiempo resolviendo problemas que nosotros acabamos de descubrir.

    Tal vez el futuro de la restauración ambiental no esté únicamente en construir máquinas más grandes o desarrollar productos químicos más sofisticados.

    Quizá también esté bajo nuestros pies.

    En una red de hifas que avanza lentamente entre las partículas del suelo.

    Sin hacer ruido.

    Haciendo, como siempre ha hecho, lo que mejor sabe hacer la vida cuando se le da una oportunidad:

    transformar, conectar y volver a empezar.

    Mirar bajo nuestros pies para entender el futuro

    Los hongos no son un recurso inagotable ni una solución mágica. Son seres vivos, parte esencial de ecosistemas complejos que debemos conocer y proteger. La gran lección de la micorremediación quizá no sea que podemos utilizar a los hongos para limpiar nuestros errores, sino que un planeta sano depende de mantener vivos los sistemas naturales capaces de regenerarse.

    Porque antes de preguntarnos cómo podemos utilizar a los hongos para salvar nuestro mundo, quizá deberíamos empezar por preguntarnos qué estamos haciendo nosotros para conservar el suyo.

     

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