Durante los días 11 y 12 de enero, cuando el invierno aún pintaba de escarcha los contornos del Moncayo, Vera de Moncayo despertó envuelta en un aroma inconfundible: el perfume profundo de la trufa negra, ese hongo subterráneo que los gourmets llaman diamante negro y los lugareños, con orgullo callado, la joya de la tierra.
En ese fin de semana frío y luminoso se celebró una nueva edición del Festival de la Trufa de Vera de Moncayo (VeraTruf), una cita ya imprescindible en el calendario micogastronómico. El Pabellón Municipal se transformó durante dos jornadas en un espacio vivo, donde el olor terroso de la trufa se mezcló con conversaciones pausadas, curiosidad compartida y el bullicio amable de quienes saben que están asistiendo a algo auténtico.
Un Mercado de Sabores y Saberes
A lo largo del sábado y el domingo, productores, truficultores y artesanos ocuparon los expositores con trufa fresca, productos elaborados y propuestas que iban más allá de la venta. El visitante encontraba aquí un diálogo abierto: se hablaba de campañas, de la climatología caprichosa, de suelos y encinas, de paciencia y de años de espera bajo tierra.
El flujo de público fue constante durante todo el fin de semana. Familias, cocineros, aficionados y curiosos recorrían los puestos con calma, preguntando, oliendo, aprendiendo. La feria no se vivía con prisas: se saboreaba.

Concursos, Perros y Pasión
Uno de los momentos más esperados de ambas jornadas fue, como cada año, el Concurso de Perros Truferos. Guiados por manos expertas y narices prodigiosas, los perros arrancaron aplausos al desenterrar la trufa oculta, demostrando que la truficultura es también complicidad, entrenamiento y respeto por el entorno.
El Concurso de la Mejor Trufa puso el broche de oro, mostrando ejemplares que parecían pequeñas esculturas naturales: firmes, aromáticas, perfectas. La expectación fue máxima y confirmó algo que todos sabían: aquí la trufa no es un producto más, es identidad.
Gastronomía, Cultura y Encuentro
Durante el sábado 11 y el domingo 12, los showcookings, degustaciones y charlas técnicas completaron un programa equilibrado, donde el conocimiento convivía con el placer. Cocineros y divulgadores demostraron que la trufa no necesita excesos, solo respeto y buena compañía.
El feedback del público fue claro y unánime: satisfacción, sorpresa y ganas de volver. Muchos visitantes destacaron el carácter cercano de la feria, la calidad de los productos y la sensación de estar participando en algo genuino, lejos del ruido y cerca del territorio.

Más que una Feria
VeraTruf volvió a demostrar, durante ese fin de semana de enero, que no es solo una feria. Es un punto de encuentro entre quienes trabajan la tierra y quienes la disfrutan; entre tradición y futuro; entre silencio subterráneo y celebración compartida.
Cuando el domingo cayó la tarde y las luces del pabellón se apagaron, quedó flotando en el aire una certeza: el Moncayo había vuelto a hablar a través de la trufa. Y quienes estuvieron allí, los días 11 y 12 de enero, supieron escucharla.




