El pasado 2 de diciembre, la escola en la naturaleza Diente de León, en Torrent, se llenó de voces pequeñas, mucha curiosidad y un entusiasmo que solo los niños entre tres y seis años son capaces de desbordar. Ese día celebramos un taller micológico infantil que convirtió el bosque en un aula abierta y la micología en un juego lleno de descubrimientos.
Descubriendo qué es un hongo
La jornada comenzó con una breve explicación adaptada a manos pequeñas y miradas muy grandes. Sentados en círculo, los niños escucharon qué son los hongos, dónde viven y por qué son tan importantes para el bosque. A través de cuentos sencillos y ejemplos visuales aprendieron que un hongo es mucho más que lo que vemos: que las setas son solo “su sombrero”, mientras que su cuerpo verdadero vive escondido bajo tierra o en la madera, como una red de hilos finísimos.
Se habló de las partes de una seta igual que quien presenta a un personaje nuevo: el sombrero, el pie, las láminas, los poros, el anillo… una anatomía que, entre sonrisas y gestos, empezaron a identificar como algo familiar.

Una salida al bosque a la medida de los más pequeños
Con la teoría fresca pero ligera, salimos al exterior. El bosque cercano se convirtió en un pequeño laboratorio donde explorar colores, formas y aromas. Los niños, acompañados por sus educadoras, fueron observando setas reales sin necesidad de cogerlas. Tocaban suavemente los pies de un níscalo maduro, olían las setas y la tierra húmeda, comparaban tamaños, buscaban “las que parecen paraguas” o “las que huelen a bosque”.
La actividad no buscaba recolectar setas para consumo, sino despertar la mirada: aprender a mirar despacio, levantar hojas, descubrir texturas y comprender que el bosque está lleno de seres que viven, respiran y cumplen una función.

Material para la exposición: el bosque como museo
Una vez identificadas distintas especies y colores, los niños recogieron pequeños elementos naturales que no dañan al ecosistema: ramas caídas, hojas, piñas, trocitos de corteza, tierra del camino… todo aquello que pudiera servir para montar una exposición ambientada. El objetivo era recrear un rincón del bosque para ellos, un espacio donde las setas —reales y creadas— pudieran “convivir”.

Crear setas con las manos
La parte más creativa del taller vino después. Con papel, rotuladores y un poco de imaginación, cada niño creó su propia seta. Algunas salieron enormes, otras minúsculas; algunas tenían puntos, otras rayas, e incluso aparecieron setas de colores imposibles que solo existen en el mundo mágico de la infancia.
Cada pequeña seta nació de lo aprendido: algunos niños pintaron láminas, otros añadieron un anillo, varios diseñaron poros con puntitos. Sin darse cuenta, estaban aplicando conocimientos micológicos mientras jugaban.

Poner nombre y contar su historia
Después se montó la pequeña exposición con el material recogido en el bosque. Las setas artesanales quedaron expuestas como si fueran especies científicas, cada una con su cartel y su creador orgulloso al lado. Los niños explicaron delante del grupo la seta que habían hecho y bautizado a su gusto, cada uno eligió un nombre para su creación. Hubo “Seta tóxica”, “Seta deliciosa”, “Seta marrón”, “Seta roja”, “Seta arcoiris” … y cada una tenía su carácter y su historia. Luego expusieron cómo era, dónde crecía, qué olor tenía o por qué la habían imaginado así. Fue una mezcla de ficción, ciencia y ternura que hizo sonreír a los presentes.

Una experiencia que siembra curiosidad
El taller terminó con la sensación de que algo había «micorrizado» en el gran alma de estos seres tan pequeños pero ávidos. Más allá de aprender qué es un hongo o cómo se forma una seta, los niños descubrieron que el bosque es un lugar vivo que merece respeto y atención. Aprendieron a observar, a oler, a diferenciar y a crear. Pero sobre todo, aprendieron a mirar la naturaleza con curiosidad y cariño.
Para muchos de ellos, esta fue la primera vez que se acercaron al mundo de la micología. Quizá dentro de unos años el recuerdo de una “seta de cartón” o de un paseo por el bosque en diciembre se convierta en la chispa que despierte un interés más profundo por esta sana afición que es la práctica micológica. Pero, sobre todo, el 2 de diciembre quedó grabado como un día en que la naturaleza fue un juego, un cuento y una aventura compartida con los hongos y las setas.




